Las encuestas son apenas el termómetro o la traducción en números y gráficos de lo que se percibe en la atmósfera. El consenso mayoritario, incluso de los opositores más acérrimos, es que Javier Milei llega a diciembre con una fortaleza incuestionable, pese a un programa de ajuste draconiano, los dolores inevitables de la implementación del “plan motosierra” y una batalla cultural que dejó a varios actores de peso arrinconados y a la defensiva. Para los gobiernos elegidos después de 1983, el último mes de cada año asomaba como un limbo donde podía pasar cualquier cosa. Pero en el gobierno libertario creen que el clima político luce despejado, aunque tienen encendida una luz amarilla en el Conurbano, la trinchera donde resiste el kirchnerismo.
Repasar los diarios de hace cuatro años -cuando se cumplía el primero de la última gestión peronista- permite darle perspectiva al presente. En esos tiempos, en los matutinos aparecía que el presidente estaba peleado con la vice. Que, a su vez, Cristina Kirchner estaba enojada con la Justicia, en particular con la Corte. Que Nicolás Maduro se había robado otra elección. Y que se vivían los coletazos de la odiosa pandemia. Como dice un refrán que duele: si te vas un mes, Argentina cambió por completo. Si te vas cuatro años, no tanto.
Hay, sin embargo, un presente que tiene características inéditas y un actor central del poder que era en ese entonces una suerte de predicador de las ideas libertarias, que estaba algo en la academia y mucho más en las radios y la televisión: Javier Milei.