Se reedita el drama de los presidentes argentinos y sus vices

Tan bien marchan las relaciones entre el presidente Javier Milei y la vicepresidente Victoria Villarruel, que al menos una vez por semana hay que ratificar eso, que andan muy bien y ambos marchan del brazo y por la calle, o en tanque de guerra. Da igual.

Hoy se van a encontrar en La Rural. El vocero presidencial, Manuel Adorni, ironizó el otro día, lo hace muy bien, sobre la posibilidad de una foto juntos, en la celebración del campo en la ciudad. El tipo dijo que todo dependía del fotógrafo: “Si encuentra un buen ángulo, a lo mejor tenemos una foto juntos”. Eso es la ratificación del aserto inicial: las relaciones andan muy bien. Las relaciones Milei-Villarruel andan como la mona. La tensión entre ambos se corta en el aire con una pluma y de nada valen los gestos amistosos para las fotos improbables.

El último pico de tensión estuvo signado por los cánticos maledicentes de los jugadores del seleccionado de fútbol dirigidos a sus otrora rivales franceses en el mundial de Qatar, que ganó Argentina y perdió Francia en la final. Los cantos fueron un dechado de bestialidad, aunque tampoco se podía esperar de los exitosos atletas que volvían de ganar la Copa América que expresaran su alegría con un canto gregoriano. Presidente y vice expresaron opiniones opuestas sobre el caso y la cuerda ya no aguanta un tironcito más. De manera que es muy probable que hoy ambos simulen un entendimiento que no existe, mientras por el aire vuelan dardos emponzoñados y alfanjes afilados. Vamos, lo normal.

En las democracias modernas, y también en las antiguas, el vicepresidente no da para más, salvo que el azar o el destino fulminen al ciudadano en ejercicio y hagan del eterno segundo un mandatario obligado. Nadie recordaría hoy a Lyndon B. Johnson si a John Kennedy no le hubiesen volado la cabeza en Dallas en 1963. El de vice no es un cargo que genere expectativas políticas o ambiciones desmedidas, lo que es un contrasentido, porque quien acepta ser candidato a vice tiene expectativas políticas y ambiciones, tal vez no desmedidas, pero ambiciones al fin. Todo vice sabe muy bien que su destino es estar detrás, pero no como un monje negro, sino más bien como la de alguien que no debe hacerse notar; debe ser protagonista pero débil, brillar tal vez, pero sin opacar al otro, al titular: es un puesto ingrato y deslucido que poca gente sabe llevar adelante con grandeza. De todo se deduce que, dado que todo el mundo está avisado, hay que pensar muy bien en aceptar la descolorida responsabilidad de ser candidato a vice.