Entró por Migraciones, no tenía impedimentos de Interpol. Con ese argumento, oficializado por el jefe de Gabinete, Diego Santilli, la Casa Rosada explicó el rol de los organismos públicos y los funcionarios argentinos en el traslado de Flávio Bolsonaro hacia Estados Unidos. Luiz Inácio Lula da Silva calificó de “vergonzoso” el movimiento de su rival en las elecciones, pero evitó -hasta el momento- una protesta oficial hacia la Argentina y hacia Milei, que todavía no reconoce el resultado de balotaje, más allá de la convocatoria a la encargada de negocios, María Emilia Cortés, para recabar información.

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Bolsonaro ingresó a Argentina el martes 27 de octubre a las 22:50 a través del Puente Internacional Tancredo Neves, en Misiones, junto a su esposa y sus dos hijas. A las 23:30 abordó en Puerto Iguazú un vuelo privado de la empresa Baires Fly, con destino declarado a Guayaquil, Ecuador. Desde allí continuó hacia Miami. La Dirección Nacional de Migraciones confirmó que la familia portaba documentación válida y que no existían impedimentos legales registrados para ingresar al territorio.
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El problema surgió del lado brasileño: el juez del Supremo Tribunal Federal (STF) Alexandre de Moraes había ordenado al dirigente entregar sus pasaportes y le había prohibido salir del país, en el marco de una causa por presunto lavado de dinero. La Policía Federal de Brasil informó que no tiene registro oficial de su salida del país.

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Durante un acto en Brasilia, Lula condenó la conducta de Bolsonaro sin mencionar al gobierno argentino. “Quien sale escondido de su país, debe alguna cosa”, afirmó. También calificó el episodio de “vergonzoso”. Pero en ninguna intervención pública atribuyó responsabilidad a Buenos Aires. La distinción no es menor. Una protesta formal contra Argentina implicaría una ruptura casi total en las relaciones diplomáticas, ya degradadas a nivel de encargados de negocios desde agosto, cuando Brasil retiró a su embajador Julio Bitelli tras los insultos de Milei a Lula en San Pablo, y solicitó la salida del diplomático argentino, Daniel Raimondi.
PUBLICIDADEl canciller argentino en la cumbre del G20, en Atlanta, EEUU (REUTERS/Megan Varner/Pool)
Itamaraty, según supo Infobae, ordenó no escalar el conflicto. Es más, cursaría invitaciones tanto a Milei como a Trump para la nueva asunción presidencial de Lula, en enero de 2027. Antes de que los cancilleres Pablo Quirno y Mauro Vieira se cruzaran en Atlanta, en la cumbre del G20, el único paso formal conocido fue la convocatoria a Cortés. Fue un encuentro que duró apenas unos minutos con el embajador João Marcelo Galvão de Queiroz, jefe del Departamento de Mercosur. No fue con la cúpula del ministerio. Desde Brasilia describieron el episodio como un “procedimiento diplomático de rigor”, no como una reprimenda ni una protesta formal. Desde EEUU, el canciller argentino señaló que “no hubo ningún pedido de información”.
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Gabriel Puricelli, coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas, describió a la postura brasileña como “una cautela muy estudiada frente al acto hostil del gobierno de Javier Milei”. Según el analista, Lula y el canciller Vieira se han fijado desde 2022 una línea estratégica: preservar el vínculo bilateral en la mayor medida posible, incluso sin reciprocidad desde la Casa Rosada. “A esa línea estratégica se suma una consideración coyuntural: pasada la campaña electoral, no tiene utilidad siquiera marginal descender al nivel que propone Milei”, sostuvo a Infobae.