Del dicho al hecho, asegura la sabiduría popular, hay mucho trecho. Y más en el fútbol, un mundo donde las declaraciones de ocasión vuelan al compás de los caprichos del viento. “No quiero dejar de jugar con el pesar de no poder ponerme la camiseta de Boca”, dijo alguna vez, con una cámara encendida, Daniele De Rossi. Y así, a partir de esas 16 palabras, empezó a motorizarse esta locura que terminó con el italiano campeón del mundo en Alemania 2006 vestido con la ropa azul y oro, con una sonrisa de oreja a oreja y haciendo fútbol reducido con sus nuevos compañeros en Casa Amarilla.
Una vez que pasó Migraciones en el Aeropuerto de Ezeiza, De Rossi se chocó de lleno con la dimensión del Mundo Boca. Periodistas, fotógrafos, camarógrafos y fanáticos lo rodearon casi sin dejarlo avanzar entre una maraña de selfies fallidas y un gorro piluso que prefirió no aceptar. Un pequeño caos como primera impresión de su llegada al país que en ningún momento alteró su sonrisa hasta que quedó al resguardo de la combi que lo llevó hasta el hotel de Puerto Madero donde se alojará hasta que Sarah encuentre una casa donde vivir.